Querida hija:
Te pido perdón por no haberte escuchado en momentos que para ti era importante que lo hiciera.
Te aclaro eso sí, que yo a veces sí te escuchaba. Escuchaba tu ternura, tu cariño, tu imaginación, tus sueños, tu humor, tu belleza.
Lo que nunca supe escuchar de ti fue tu dolor.
Y ahora sí lo escucho.
Yo tuve la misma edad tuya y ¿sabes que?, era desordenado, insolente, arrogante, irresponsable. También era tierno, inteligente, simpático, soñador, perseverante….. como tú.
Cometí grandes errores y hubo un momento, un instante en que me podría yo haber perdido para siempre en el lado oscuro de la vida; ese lado perverso y miserable que increíblemente nos domina y atrae hasta capturarnos para siempre a pesar del sufrimiento que nos causa estar ahí.
Hay un momento, un instante preciso, en que los seres humanos optamos en definitiva cuál camino vamos a tomar en la vida, porque aquel que escojamos no tendrá retorno.
En ese instante mágico tuve una ¿iluminación?... no lo sé, pero opté por seguir mis sueños y no mis pesadillas.
Lo maravilloso es que no sufrí ningún ningún trauma. Me preocupé de subsistir, trabajar, estudiar y perfeccionar lo que a mi me gustaba… y por supuesto divertirme sana y no “tan sanamente también”, pero sin arriesgar lo que tenía.
¿Y qué es lo que yo tenía ?, tenía apenas 2 cosas: pretensiones y dignidad.
Tampoco fue fácil ¡para nada!, el lado oscuro muchas veces rugía para atemorizarme e incitarme a volver a su cueva.
Tú tampoco me escuchaste en momentos que era importante que lo hicieras.
Me escuchabas en mis locuras, en mi alegría, en mi entusiasmo. Nunca supiste escuchar mis aprehensiones, mis consejos, mi horror, mi llanto.
La historia yo ya la conocía porque yo también la había vivido, sólo que no tuve al lado a mi Padre día a día para que me lo hiciera notar, las pocas veces que lo veía él presentía que yo andaba errado en la vida y a su manera me daba consejos. Creo que al igual que tú yo no lo escuchaba.
Intenté que me escucharas de muchas maneras, buenas y torpes, hasta que creo por fin llegó tu momento, ese momento mágico en que nosotros decidimos lo que queremos ser en la vida o aceptamos que la vida haga lo que quiera de nosotros. Ese momento mágico que sucede cuando lo que estamos viviendo nos explota en la cara, en la casa, en la familia, en nuestras pretensiones y en nuestra dignidad.
Nadie más que tú va a tomar esa decisión.
Tengo la secreta esperanza de que te vas a iluminar y vas a descubrir que hay algo en la vida maravilloso que no podemos perder, que está esperándonos con los brazos abiertos, sin culpas ni condiciones y aunque el miedo allí igual está presente, el sólo va a aparecer para resguardarte.
Ese algo es el amor. El entusiasmo.
Es mi deseo para ti.
¡Te quiero tanto!



muy bella carta a una hija.....
Jorge,
leí la carta a tu hija y me impactó la fuerza que en ella muestras, es fuerte, sincera, y de amor sobretodo. También tengo una hija, que pasa por momentos difíciles, y no siempre conseguimos comunicarnos como quisieramos. Gracias por regalarnos la belleza de tus palabras. Ana María